miércoles, 8 de octubre de 2014

EL LIBRO DE CADA QUIEN


¿Será verdad que cada uno de nosotros estamos definidos por un libro? Uno que, al leerlo, nos haya mostrado el mundo desde un ángulo antes insospechado, un libro que haya movido algún hilo de nuestro interior, aquel con el que nos sentimos conectados y que, como si se tratase de un viejo amor -que ni se olvida ni se deja-, permanezca en nuestra mente y nuestro corazón y, con suerte, en nuestrabiblioteca. Nuestro libro de cabecera -algo parecido a un médico del alma-.
Para saber cuál es ese libro que todos llevamos dentro -a veces sin saberlo-, deberemos haber leído una gran cantidad de ellos. Hagamos de cuenta que usted es un buscador de oro caminando en el lecho de un arroyuelo (representado éste por una librería, una biblioteca, un parador de libros o una ciudad de obras literarias) en cuyo cuerpo le han dicho que otros gambusinos han encontrado enormes pepitas de oro (el libro de cada quien). Cuánto lodo, piedrecitas, más lodo, más piedras, residuos de hojas y ramas secas, semillas de frutos que han caído ahí de los árboles que crecen en la ribera, y muchos cuerpos más, debe usted apartar con cribas de diferentes luces para dar con ese trozo anhelado, el amarillo y bello mineral más apreciado por el hombre para recrear con él sus sentidos.
Pues muchos colegas dicen que no es posible reducir a diez cuáles son los mejores libros que han leído. Para ellos, tal número no es suficiente para enumerarlos.
En las redes sociales se inició, no hace mucho, un juego, en realidad, un reto:
-“Escribe en tu muro cuáles son los 10 mejores libros que has leído”, me retaron dos amigos escritores. Ambos personajes muy letrados y memoriosos.
No pude contestar cabalmente a estos colegas de la palabra escrita porque el juego, implícitamente, se refiere a libros de humanidades. Mi primer campo de estudio fueron las ciencias exactas por lo que uno de los libros inolvidables, un compañero en mi soledad juvenil (tengo mucho de solitaria aun cuando tengo muchos amigos y amo viajar, pero no en grupo), fue College Algebra de Max Peters. Un libro de matemática básica que me brindó un panorama desde los conceptos básicos del Álgebra (una de mis materias favoritas), hasta las Permutaciones y Combinaciones. El pensamiento matemático sigue siendo una clave de mí misma.  
Afortunadamente también he leído libros que han transformado mi manera social de mirar el mundo. Y es ése el chiste de la lectura: conocer a la humanidad a través de la anécdota; claro que al autor lo descubrimos también a través de su obra: novela, ensayo, poesía, artículo científico o cualquier otro género que nos comparte.
Hace pocos días tomaba un cafecito en el Zócalo de la ciudad y puerto de Veracruz con una entrañable amiga de quien bien pudiera referirme como una hermana menor; la familia paterna de ella y la mía, emparentaron gracias al oficio de la relojería. El padre de su padre fue maestro del mío en el antiguo y noble oficio de reparación y mantenimiento de maquinarias para medir el tiempo.
Le platicaba a Gela Acevedo acerca de la revista Selecciones del Reader´s Digest, de la cual tengo recuerdos muy precisos hasta la fecha.
Allá en los años mil novecientos cincuenta y sesenta, la mencionada revista cubrió ampliamente, en nuestra sociedad, un servicio educativo, cultural, literario, noticioso y de esparcimiento. En estas décadas, las formas de allegarse de documentales, novelas, grandes obras maestras de la literatura universal, noticias nacionales e internacionales, vocabulario, eran muy escasas. Tan apreciada fue esta publicación por las mismas escuelas públicas, que a los niños más aventajados -meritocracia pura y dura- les obsequiaban suscripciones personales que llegaban a sus propias casas.
En esta revista, secciones como “La risa, remedio infalible” más el cómic “Rolando el Rabioso”, nos abrieron el mundo de la risa pero obligadamente nos echaron a andar la mente para comprender la sátira, la ironía, el humor blanco o negro. Como cuando Pitoloco, el escudero de Don Rolando el Rabioso, quiso cortarse un brazo para comérselo pues se encontraban, él y su amo, en situación de sitio.
El remedio infalible de la risa, en mi casa, no se cultivó. Procedo de una familia en la que el cumplimiento del deber, la seriedad, la responsabilidad, el tomarse la vida en serio, el buscar culpables para todo aquello que rompiera con el orden establecido, fueron el pan nuestro de cada día.
Fue por eso que recurrí a los libros como un escape de ese ambiente opresor y asfixiante. Los libros (cualquiera que cayera en mis manos) eran las únicas válvulas de escape para esa presión que bien pudo llevarme hacia otros sitios menos placenteros.
Para mí, mi libro favorito es todos los libros que he leído, los que aún no he leído; los que ya escribí y los que aún no he escrito.



jueves, 2 de octubre de 2014

HONORES A LA BANDERA





El mes patrio nos hace reflexionar sobre nuestros valores. Algunos de ellos se van perdiendo sin que sepamos bien a bien porqué pero de otras pérdidas sí somos muy responsables. La siguiente anécdota pudo haber ocurrido en cualquier lugar del mundo.
En el país de Tudar, una guerra intestina entre nacionalistas y comunistas había segado a la mitad de la población. El líder del partido comunista fue tomando fama de cruel y despiadado, el gran Tung-Ma (que después cambió su nombre para darle otro significado) pensaba que no importaba el número de muertes ni la forma de morir si, al final, los campesinos se veían beneficiados con leyes más justas que elevaran su nivel de vida mediante una educación igualitaria.
 Innumerables asesinatos a sangre fría, ejecuciones, emboscadas, traiciones y torturas,  fueron mermando el número de habitantes de ambos bandos y de quienes ni siquiera sabían, bien a bien, cuál era el motivo de la guerra civil que soportaban. La generación de adultos se diezmó de tal manera que en el país quedaron solamente pobladores de la siguiente generación, pero el General Tung-Méi (cuyo nuevo nombre significaba en su idioma “Yo seré”) se mantuvo vivo, rodeado de un séquito que, por miedo a sus represalias, cuidó de él a costa de su propia vida.
Llegó el momento en el que la Nueva República de Tudar se instituyó y el líder de la guerra fue nombrado presidente vitalicio.
Comenzó entonces una Gran Campaña Educativa con la materia prima más importante de cualquier país sea ganadero, petrolero, industrial, agrícola, pesquero, minero: el ser humano.
Fue así que los miembros de mayor edad de la nueva generación, fueron seleccionados para ser entrenados como maestros de los menores. Urgía sentar las bases patrióticas y cívicas de los nuevos ciudadanos.
Las escuelas se reabrieron dando cabida a miles de niños, los flamantes profesores fueron enviados a los más apartados pueblos y aldeas. El primer día de clases, en todas las escuelas y en todos los grados, se repitió la siguiente escena:
-¿Uds. creen en Dios?, preguntó el profesor correspondiente.
-Síiiii, corearon los niños.
-¿Tienen confianza en él?
-Síii, profesor(a), con la tonadilla que todos conocemos en los chiquillos cuando corean.
-Pues entonces, dijo la correspondiente profesora, pídanle con todas sus fuerzas que les traiga dulces en este momento.
Los niños oraron con todo fervor y nada pasó en el aula. El retrato gigantesco del General Tung-Méi presidía la clase a un lado de la bandera antigua (que simbolizaba al régimen abolido) la cual descansaba en su urna.  
- ¿Uds. creen en Él?, dijeron los profesores señalando la fotografía de Tung-Méi con todo respeto.
Los niños se miraron desconcertados. No tenían idea de quién era esa persona y si debían creer o no en ella.
-Niños, es el Gran General Tung-Méi, nuevo presidente de nuestra República. Pídanle a Él los dulces.
Los niños, como todo niño, a pesar del desencanto sufrido anteriormente, cerraron los ojos -a petición de sus profesores- y volvieron a orar con todas sus fuerzas.
Cada quien, en su propia aula, caminó de puntillas entre los chicos depositando una bola de arroz caramelizado sobre la mesa, frente a cada pupilo.
-¡Ahora, abran los ojos! fueron las palabras que se escucharon.
Los infantes encontraron sobre sus pupitres las razones por las que deberían creer y tener fe en el General Tung-Méi. Una vez pasada la emoción del hallazgo de los arroces, los profesores dirigieron otra pregunta a sus alumnos:
-¿Quiénes de ustedes aman la bandera nacional?
Todos levantaron la manita y se miraron entre ellos ilusionados con lo que a continuación pasaría -aunque no sabían qué- presentían que sería algo agradable. El recuerdo de la aparición de los dulces estaba fresco y en su boca aún sentían la miel de los arroces.
-Si aman la bandera, ¿les parece bien que cada uno de ustedes se lleve un cachito a casa?
Los niños aplaudieron de gusto. Les pareció muy importante la posesión de una reliquia conservada en una urna tan bonita, con vidrios a los cuatro costados brillantes y límpidos y de madera muy bien pulida.
La bandera fue sacada de su vitrina y parsimoniosamente, el profesor o profesora la fue cortando en pedacitos que entregó a cada uno de los pequeños.

La ceremonia de inicio de clases concluyó. Los niños se dieron a la tarea, guiados por su maestro, de construir la Nueva República de Tudar.    

UN SOMBRERO GRIS Y DE ALA ANCHA



Era la tercer cerveza de la mañana pero nunca regresaba a Guichochi antes de tomarse el six completo. Cada que venía a Hidalgo del Parral, cuando le pagaban su jornal de albañil, Rosario se pasaba por el comercio “Los Dorados de Villa” y ahí se empinaba la media docena de cervezas que le apaciguaban el calor y le hacían olvidar sus sueños frustrados. Como si fueran las mismas cervezas que se tomaron entonces, recordó al hombre trajeado y de corbata, aunque ajado por el viaje, quien le platicó la historia que nunca olvidó.
Coincidieron ambos en “Los Dorados de Villa” hacía muchos años, en 1940 más o menos, Chayo tendría como 19 años y muchas ganas de estudiar. Una avería en el auto del letrado, quien se dirigía a la ciudad de Chihuahua, más el peculiar nombre del establecimiento, fueron las circunstancias que desataron la plática entre Rosario y el visitante quien, para hacer tiempo mientras venían en su ayuda desde la ciudad de Chihuahua, entró a guarecerse de la inclemencia del sol con un libro, empastado en rojo, bajo el brazo y cuyos caracteres dorados llamaron la atención del joven: “El águila y la serpiente", alcanzó a leer Rosario. El forastero advirtió las miradas que el joven lanzaba al volumen y le dijo: Acabo de comprarlo en la capital y pienso usarlo con mis estudiantes en Chihuahua, soy profesor de la escuela de derecho. Ah, nuncamente vide algo así, ¿qué es? preguntó Rosario.
Pues verás, contestó el hombre de aproximadamente 35 años, grueso, cabello y bigote negros, al mismo tiempo que se limpiaba el sudor y los espejuelos con un paliacate rojo, la literatura es bonita pero lo que nos cuenta a veces no precisamente es para darnos gusto, si no para hablarnos de la miseria humana. La experiencia de la lectura no siempre es placentera. Eso dijo el letrado. ¿Cómo es eso? si se ve rete bonito ansina colorado.
Mira, para empezar, este libro lo escribió un chihuahuense, Martín Luis Guzmán, quien estudió derecho en la Ciudad de México pero en 1914 se unió a las tropas de Francisco Villa, con quien trabajó de cerca. Este escritor también ha sido diputado nacional y ha estado exiliado en España. Una de las historias que cuenta en este tomo es cómo Fierro, el "espejo" de Villa, ese personaje siniestro de la revolución mexicana, mató a trecientos prisioneros, a quienes llamaban "colorados", él solito. ¿Sin que nadie le ayudara, pues? preguntó el joven al mismo tiempo que se atragantaba con la carta Blanca en turno, Po´s ha de haber sido muy valiente. No, nada de valiente, estamos hablando de asesinatos, las ejecuciones se hacían sin juicio alguno de por medio y, en este caso, eran paisanos, chihuahuenses de cepa pura. Tampoco fue él solito, aunque sí fue el único que jaló el gatillo, los soldados de caballería le enfilaron los prisioneros como ganado que pasan de uno a otro corral y él hizo lo demás. Solo su asistente participó de manera más directa, no disparando si no proporcionándole las armas cargadas al ritmo que él las requería, bajo la amenaza de tumbárselo a él también si no hacía bien su trabajo. La historia que cuenta esto, se llama "La fiesta de las balas", y puede ser que sea el origen del mito que ha rodeado siempre a Rodolfo Fierro sin que la gente sepa que la anécdota es real y que fue Martín Luis Guzmán quien la documentó gracias a la cercanía que tuvo con toda esa gente de Villa.
Siguieron hablando sobre el libro y su autor refiriéndose a otros pasajes, pero lo que el viejo Rosario no pudo olvidar fue que el licenciado del auto averiado le dijera que en esa historia, Fierro era mostrado por el escritor en todo su esplendor. Una vez que le explicó el significado de la palabra, Don Chayo se sorprendió: los que tienen sed de sangre, pueden tener esplen, esplen…eso que dice usted, esplendor?
Sí, escucha estos párrafos: “Llevaba enhiesta la cabeza, arrogante el busto, bien puestos los pies en los estribos y elegantemente dobladas las piernas entre los arreos de campañas sujetos a los tientos de la montura.” Los asesinos pueden ser elegantes y los puede iluminar la luz de la tarde con bellos tintes rosáceos, como se declara aquí: “Su figura, grande y hermosa, irradiaba un aura extraña, algo superior, algo prestigioso y a la vez adecuado al triste abandono del corral.”, “Su sombrero gris y ancho de ala se teñía de rosa al recibir de soslayo la luz poniente del sol.”



Y por si fuera poco, haber tenido el poder para matar a trecientos desgraciados a su antojo, con un plan que él solito preparó y llevó a cabo, prácticamente sin errores, habla del magnífico maldito que fue en ese, su momento de gloria.
El six llegaba a su fin, Don Chayo tenía que volver a Guachochi. La última cerveza le puso en claro que podía morirse en cualquier momento satisfecho con su vida, pues aun cuando no pudo concretar para él mismo los planes de estudio, sí logró que su hijo lo hiciera, tan lejos llegó, que ahora era el Director de la escuela CEB 7/1, que gracias a sus gestiones, ostentaba el nombre de "Martín Luis Guzmán". 




LA RUEDA DE SAN MIGUEL


PARTE I




San Miguel, patrono de la ciudad enclavada en las Grandes Montañas, revoloteaba inquieto sobre su hermosa catedral (el colorcito que le habían puesto no le agradaba, le hacía sentirse patrono de un pueblo insignificante, no de la antigua y señorial ciudad, asiento comercial y cultural de multitud de poblados aledaños). Cuando aún se encontraba volando por encima de las nubes, había confundido los mosaicos de colores de la cúpula sur, esa que guarece la capilla del Santísimo, con puestos de flores. Eso le tranquilizó momentáneamente. La paz le duró hasta que se acercó a la Tierra en el preciso momento que unos tipos mal encarados, policías vestidos de civiles, destrozaban a pisotones aguacates, ciruelas y plátanos dominicos que ahora formaban una masa informe desparramada por la acera frontal del Palacio de Hierro Municipal, ese monumento histórico que fue inaugurado el 16 de septiembre de 1894 y que se da el tú por tú con la arquitectura de la flamante catedral. El Arcángel más poderoso de la legión alzó su mano derecha, compuso sus dedos a la manera en que dan la bendición los sacerdotes, y la direccionó hacia el par de golpeadores. Éstos quedaron congelados por una fracción de segundo. Esta acción pasó inadvertida para los transeúntes que se acercaron dispuestos a ayudar a la dueña de las mercancías, una mujer entrada en carnes, de unos cincuenta años, con una larga y negra trenza sujeta con listones y pasadores de colores, ataviada con un vestido de satín coral brillante de falda tableada y tirantes, por debajo de los cuales lucía una blusa blanca adornada por rosas azul marino en el escote delantero y trasero. De la parte inferior de la enagua coral sobresalía, por el lado de adentro, una punta a ganchillo tan virtuosamente tejida que envidiarían las mismas damas de Brujas. Esa fracción de segundo fue suficiente para que, al reaccionar el par de idiotas, se fueran de bruces sobre las machacadas mercancías y se batieran de pulpa de fruta camisa, brazos y cara. La gente se burló de ellos al verlos untados de colores.
San Miguel volvió a intervenir. Esta vez los enviados de Comercio olvidaron qué estaban haciendo ahí. Se miraron uno al otro desconcertados y al advertir la ruina en que estaban, partieron a correr avergonzados. Doña María también sonrió, pero le ganaba la tristeza al mirar la venta del día hecha puré. Ojos rojos y un puchero de rabia y angustia contenido en su garganta. Recogió sus canastas y se metió a la Catedral a orar, no tenía más alternativa que agenciarse alguna limosna para regresar a su pueblo en la montaña. Al llegar hasta su altar, San Miguel dejó de clavar la lanza en Satanás. María se quejó con el Arcángel: -Ya no los aguanto, es la tercera vez que me destruyen mi mercancía y ya no tengo dinero ni pa´ regresar a mi pueblo, yo contaba con el dinerito del día pa´ llevar comida a mis chilpayates, está rete caro el máiz y lo único que tragamos son tortillas y chile. Cuando se puede, frijoles. El de las gigantes alas, le contestó: -Intercederé por ti y toda tu especie.
María se secó las lágrimas con el dorso de las manos y tomó solo las monedas necesarias para regresar a su pueblo de la charola de las limosnas. El Arcángel se hizo disimulado regresando a la tarea que todos conocemos de picarle las costillas al Colorado, pero a Él ya no le hace ninguna gracia cuando se da cuenta que lo necesita un montón de gente desprotegida.
 - Esa misma noche, cuando se cerró la última puerta de la catedral, san Miguel Arcángel se acercó a Dios y le dijo: -En el centro de esta ciudad que me has encomendado, los vendedores ambulantes andan en serios problemas con las autoridades, quienes les han declarado tolerancia cero.
-¿Cómo han llegado las cosas a ponerse así?, contestó el Altísimo. -Pues verás, ya sabes que desde hace siete años el PRI desplazó al PAN, gracias al “pegue” que tiene Don Manuel De´Cena, y este señor, magnífico empresario, ha convertido la administración de la ciudad en un negocio muy próspero.
-¿Qué tiene eso qué ver? preguntó Dios al arcángel y a las claras se veía que perdía la paciencia dada la enorme cantidad de asuntos por resolver antes que saliera el sol.
- Mi Señor, tiene mucho que ver porque los vendedores ambulantes NO pagan impuestos. Y no hay gobierno al que le caigan bien aquellos que conforman la economía subterránea.
-Algo tienen que pagar, lo que es del César al César y lo que es de Dios, a Dios.
-Bueno sí, pagan permisos para vender, pero sucede que a veces no los pagan o no traen cargando la credencial de vendedor y sabes, Mi Señor, que hoy en día, las personas que no traen una credencial oficial encima, no existen, no pueden hacer ningún tipo de trámite, de pago, de compra, no pueden ni ir a los sanitarios de paga porque ahí también deben identificarse.
-¿Son muchos los ambulantes que son atropellados por las autoridades en esta ciudad?
Los casos que se dan a conocer no son tantos pero la gente está descontenta, se esconden como pueden, ejercen su oficio a escondidas y cuando se ponen valientes por la necesidad, pácatelas, los golpean y les quitan sus mercancías o se las echan a perder.
-Organízalos, Miguel, organízalos. Trae un reporte donde los clasifiques y expliques ahí la utilidad de cada uno. Ya pensaré cómo resolver este asunto.
El ángel levantó la rodilla del suelo, hizo una genuflexión con la cabeza y dijo:
-Tu palabra es ley, Señor de los ejércitos, así se hará.



 PARTE II


Para San Miguel, el venerado Patrono de la ciudad escenario del maltrato a los ambulantes, era claro que cumplir con la tarea encomendada por el Altísimo de clasificarlos, requería de una estrategia de recabación de datos con un alto nivel de logística. Necesitaría echar mano de toda su capacidad ya que un rápido sobrevuelo de reconocimiento reveló que los mercaderes ambulantes ejercían sus operaciones más allá de la zona céntrica y que se presentaban ante el público bajo las formas más variadas e inverosímiles. ¡Un monstruo de mil cabezas!
Por otro lado, el abuso de los policías en contra de los vendedores era un tema originado en la similitud de la extracción social de ambos bandos. Mientras unos habían dado la “escalada” colocándose en puestos cuyos salarios “forman parte del presupuesto” los otros se ganaban la vida vendiendo productos del campo, en su mayoría sin procesar, lo cual, internamente, les hace creer en una falsa superioridad de unos sobre otros. Si a este odio intrarracial se suman las nuevas reglas de tolerancia cero para los ambulantes en la zona céntrica, encontraremos el por qué se han convertido unos y otros en acérrimos enemigos, mejor dicho, los vendedores ambulantes se han convertido en perfectas víctimas de los abusadores quienes ostentan el poder de macanearlos, perseguirlos, tirarles sus productos e insultarles verbalmente sin que haya habido consecuencias hasta el momento.
El Arcángel, sentado en lo alto de su cúpula, miraba la multitud que se conglomera en el Parque y meditaba cómo se vería éste sin aquellos manojos de globos que, aun sin comprarlos, hacen la delicia no solo de los niños, también de los transeúntes que pasan por ahí. Mirar esos colores recortando el azul y el verde del cerro, llenan el espíritu de alegría. Debía encontrar la punta del ovillo que tenía enfrente pues ¿cuál era el verdadero significado del término ambulantaje? y ¿cuántas las categorías en que éste se subdividía? Para lograr una respuesta mundana, como debería serlo, el divino ser se apropió de una personalidad humana. Doblegó sus fantásticas y poderosas alas y recogió en una liga su blondo cabello con lo cual tenía, desde ya, la pinta de un profesor de arte. Se metió en el anticuado traje que el cura guardaba para ocasiones especiales en la sacristía de su catedral (lo cual contribuyó también en buena medida a darle la personalidad deseada). Con ayuda de su magia decoró el traje con pinceladas de infinitos colores, igual que los globos, al fin que el óleo es una sustancia común en cualquier iglesia. Con el calzado sí batalló. Miguel, el Arcángel, calza del número 11 americano y el sacerdote sólo llega al 9. Por lo pronto, se dejó las santas sandalias, lo cual permitió que de toda su bella apariencia sobresalieran los pies, blanquísimas aves enjauladas en correas.
Ni en el Archivo Municipal, ni en la Biblioteca de la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información de la Universidad Veracruzana, ni en los libros contables del Honorable Ayuntamiento, encontró el Santo Patrono el significado de “ambulantaje”, mucho menos la forma en que éste se subdivide. Esto puede deberse tanto a la aparición continua de nuevas especies como a que otras se mantienen en lo oscurito. De cualquier manera, quienes se dedican a esta actividad tienen algo en común: son comerciantes transitando el subterráneo de la economía y, curiosamente, eso los empareja con las grandes empresas que inundan este país hasta los mismos bordes de las zonas marginadas y aún penetran en éstas, como un fluido incontenible, en vehículos motorizados de cualquier tamaño. Este túnel de la economía sumergida también iguala al ambulantaje con ciertas instituciones financieras en el asunto de los impuestos, es decir, un sitio donde sobra la oscuridad, pues los aranceles que éstas pagan no quedan claros para el resto de los ciudadanos quienes soportan como valerosas hormigas las cargas fiscales. Todos sabemos que estos insectos se destacan soportando una carga mayor a su propio peso sobre sus minúsculos cuerpecillos.
El Ángel regresó frustrado a desarrollar en su pedestal su trabajo cotidiano de picar con su lanza al demonio. Al día siguiente, una pareja de preparatorianos que entró a la iglesia le dieron la pista de dónde buscar. Ella, con la falda remangada en la cintura para acortarla, mascaba chicle bomba y lucía pestañas muy rizadas. Él, de cara granujienta y flaco como una flauta. Ambos, la vista puesta en sus celulares y el pulgar derecho en acción. Se sentaron en la banca de hasta delante y el flaco preguntó a la pestañas rizadas:
-Oye, ¿por qué no hiciste la tarea? solo era buscar el significado de esas diez palabras.
-Pu´s porque se me acabó el crédito, tú. Me gasté todo el dinero que me dio mi amá en puras tonterías.
-Y ¿por qué no fuiste a un ciber?
-Hay no, que flojera, eso de los ciber no me gusta, huelen bien feo y los teclados están borrados de tanta gente que los manosea. Fuchilángala.
-Pos si sigues así, nos van a reprobar a los dos y ya no voy a aguantar a mi jefa con sus regaños. Y tú, ya no me vas a volver a ver…
Los chicos se salieron por la puerta más cercana buscando señal para sus equipos portátiles.    
San Miguel recordó haber visto varios letreros en locales comerciales que contenían el prefijo “ciber” y volando, literalmente, aun cuando sus alas estaban plegadas nuevamente bajo el disfraz de profe de artísticas, se fue derechito a un cibercafé en la parte frontal del Parque. Ya el manejo de la computadora y la navegación los aprendió en un santiamén haciendo uso de sus poderes sobrenaturales.



 PARTE III



El Ángel Santo, príncipe de las cortes celestiales, entre más observaba las calles, menos entendía el asunto. Como ya se había aclarado anteriormente, lo primero para cumplir la encomienda del Señor de los Ejércitos, era poner en claro quiénes, de la gran variedad de vendedores con los que uno se topa en las regiones urbanas, eran ambulantes y quiénes no. En una vuelta de reconocimiento a la zona Norte de aquella ciudad del benigno clima, llamó su atención la alta concentración de personas ataviadas de azul y blanco en un gran edificio semicircular de color grisáceo. Vaya, un cielo privado puesto a la venta -pensó-. Pero no, resultó ser el Hospital del ISSSTE. En la gran explanada de entrada, entre otros vendedores con puestos semifijos que desprendían olor a manteca caliente y cebolla frita, un personaje llamó su atención: un hombre como de unos treinta años, vestido pobremente, barbado, claro de piel, cabello negro y de rostro dulce quien, con voz aún más dulce gritaba: “dulceees”, cocaaaadas, obleeeeas. Sostenía sobre sus piernas una caja, más bien chica, de plástico transparente en donde se alcanzaba a ver su exigua mercancía.
Lo primero que los humanos piensan sobre el estado natural del ser ambulante, es que el comerciante con tal calificativo, es alguien caminando continuamente pero no es así. En el ciber, tras una rápida búsqueda, San Miguel leyó en la pantalla: “El artículo 135 de la Ley de Hacienda del Distrito Federal define al comerciante ambulante como la persona que usa las vías públicas para realizar actividades mercantiles de cualquier tipo, ya sean en puestos fijos, semifijos o en forma ambulante.” Ah, bien, pensó, de manera que los que colocan sus puestos en las avenidas, son ambulantes también, y aquí podríamos contar a quienes sacan sus productos fuera de sus comercios estropeando el paso en las vías públicas, pero parece ser que estos comerciantes gozan de tal derecho, afeando la ciudad, debido a que ahí juntito poseen o rentan un local. ¿Acaso no podrían caer también en esta clasificación los enormes tráileres de negros refrescos que se adueñan de las calles céntricas y periféricas provocando que el tráfico se detenga cuando dan vuelta? ¿No cumplen la misma función del ambulantaje que es llevar un producto hasta su destino?
La cosa iba aclarando: todo aquel que se instala a vender en un puesto fijo o semifijo o caminando por la calle se considera ambulante. Dicho de otro modo, mientras no tengas un local propio o pagues renta, caes en la siguiente definición: «… comercio ambulante, unos lo llaman “sector informal de la economía”, otros “economía subterránea”, “economía sumergida” o “economía ilegal”… ». Lo que es más impactante es que  «… a los trabajadores de este sector se les denomina “trabajadores independientes”, “trabajadores informales”, “trabajadores ilegales”, “trabajadores por cuenta propia”, etc.» Trabajadores por cuenta propia no está tan mal, pero “trabajadores ilegales”, sí que suena mal. Esta causa se suma a los otros motivos de su persecución.
San Miguel tomó nota mental de las definiciones y se dispuso a sobrevolar nuevamente la ciudad para clasificar todo aquello que pudiera caer en el dominio de la palabra. Después de un arduo volar, escribir y borrar, pensar y meditar, se fue a su merecido descanso. Aquella noche, se acercó a Dios muy contento por su tarea terminada y le expuso lo siguiente:
-Señor, he hecho una clasificación de lo que existe en la ciudad y te la expongo ahora: para poder agrupar en clases coherentes a los ambulantes, he partido de su propio nombre y he decidido usar como clave la manera en que se mueven para transportar sus mercancías, así tenemos:  
a) Aquellos que disponen de un vehículo que preserva ya sea a alta o baja temperatura, sus mercancías, como sucede con quienes venden tamales, nieves, helados, esquites, elotes, etc. b) Por otro lado tenemos a los carromatos en donde ha sido instalado un sistema para combustión. En esta categoría están los vendedores de hot cakes, hamburguesas, hot dogs y plátanos y camotes asados (aunque observé que actualmente no llevan el asador encendido y el silbato de vapor con el que se anunciaban lo sustituyen por una campanilla, c) Los que tienen carritos sin mantener calor o frío y sin generar combustión. Son quienes venden pan, fruta picada y fruta con chile, d) Los que poseen un automóvil o una camioneta con sonido instalado e inundan las colonias con sus anuncios de verdura y fruta a precios de ganga, e) Los que venden directamente de un camión de redilas apostados cerca de los mercados o en las carreteras, f) Los que venden productos del campo en una carretilla de esas que se usan para transportar tierra, g) Los que no tienen vehículo de ningún tipo, sostienen su mercancía en una tabla sobre la cabeza y se echan al hombro una tijera de madera para sostener la tabla, estos normalmente venden gelatinas, frutas en conserva, jamoncillos, obleas, cocadas, la versión mexicana del turrón español, al que le ponen cacahuates por almendras, h) Los que llevan sus productos en una canasta o en una charola pero no tienen base en donde descansarla, venden semillas de calabaza tostadas, habas, y los “huesitos” de capulín que han ido cayendo en el olvido,  aguacates, duraznos y ciruelas del monte, plátanos dominicos, morados o manzanos, hierbas medicinales como manzanilla, romero, laurel, i) Los que exhiben sus productos en artefactos hechos de alambre y por lo general venden en las bocacalles y los semáforos palanquetas, alegrías, tostadas dulces, plátanos fritos, j) Los vendedores de tortas, quesadillas, tacos, yogures, gelatinas, fruta picada, etc. que transportan sus mercancías en carritos de compra y gozan de permiso para entrar en instituciones públicas a surtir de almuerzos a oficinistas, profesores, estudiantes, vigilantes, subdirectores y a los mismos directores. 



 PARTE IV


Al llegar a la letra j, el arcángel Miguel había expresado de corrido diez clasificaciones de vendedores ambulantes; Dios lo veía de reojo como midiendo su aguante. El Ángel hizo una pausa para tomar aire. Cuando se recuperó, dijo: -Señor, como te habrás dado cuenta, solo me he enfocado a quienes venden alimentos pero existe una gran cantidad de sujetos cuyas ventas callejeras se centran en otro tipo de cosas. Aun con todo mi poder es muy complicado detectarlos pues, potencialmente, todos los humanos venden algo continuamente y muchos de ellos, en secreto.
-La historia de la humanidad es la historia del comercio, Miguel. Está en la naturaleza misma del hombre vender algo, cueste lo que cueste.   
-Sí, mi Señor. Los humanos hoy en día se aprovisionan de artículos muy curiosos, hay un mercado muy abastecido con una gama de productos inservibles; los cuales ya son basura pura desde antes de ser adquiridos y, según mis pesquisas, he indagado que los traen de la China. Estos artículos sirven para todo y para nada pues si no se vendieran, nadie se daría cuenta de su ausencia. Lo más asombroso es que tales productos también se venden en tiendas y esto los pone fuera de la economía informal. La gente acude a estos sitios y compra lo que le vendan ahí: bibelots que representan cualquier personaje, útiles escolares, adornos para la cabeza, cosméticos, juguetes, relojes, pulseras, bolsos, sombrillas, calcetas, en fin, una gran cantidad de tonterías de bajísima calidad.
-Y como te dije, Altísimo, están aquellos quienes venden productos en secreto: tabaco, marihuana, droga, sexo, y abundan otros que venden lo que no es suyo: una casa, un edificio, un órgano vivo, una persona.
-No olvides, Miguel, que los humanos venden, han vendido y seguirán vendiendo su alma al Diablo. Y se las ha ingeniado para encontrar la forma de cómo hacerlo; no necesariamente deben parlamentar con él.
-Esos son los peores: los traficantes. 
-Lo que debe quedar claro, dijo Dios, es que solo ayudaremos a los desprotegidos, a esa bola de sinvergüenzas que serían capaces de vender a su propia madre, ni hablar.
-Señor, de los vendedores que andan por ahí y no hacen daño a otros, existen aquellos que pueden hacerse daño a sí mismos o a los suyos. Verás, la otra tarde desplegué mis alas y volé aparejado con el teleférico. En la punta del cerro me senté; el sol moría lentamente igual que el cielo pierde su azul cuando lo cruza una bandada de gorriones. Una mujer, con una canasta de duraznos verdes al brazo, caminaba acompañada de un pequeño y de otra persona mayor, quizá su madre. Vendían duraznos verdes; de esos que no son muy apreciados en el mercado porque son agrios. Los tres se sentaron a descansar en el quicio de una casa; al entrar la dueña, el pequeño, de tres años más o menos, le dijo: -Dame un taco. La mujer se metió a la casa y tardó en salir; cuando regresó, dijo: -Les preparé un bastimento digno de cualquier miembro de mi familia; al mismo tiempo que le entregaba un paquete blanco a la madre.
-Me sentí a gusto porque se calmaría el hambre del niño pero la madre guardó en la canasta el paquete intacto. El niño puso cara de resignación y la abuela, cara de asentimiento. Cuando la dueña volvió a salir y a las claras se dio cuenta de que no habían tocado el alimento, preguntó: -¿No comieron? ¿Por qué? La vendedora señaló la canasta, levantó una esquina de la servilleta con la que la había cubierto, y dijo: - No, lo guardé para mi marido.
-El sometimiento femenino es una cualidad difícil de desterrar, contestó Dios. Continúa con la clasificación, si es que tienes más información, Miguel.
-Cuando creo haber visto a todos, Señor, encuentro alguno que no cabe en la lista anterior la cual, como has visto, se basa en la forma en la que se desplazan los vendedores ambulantes por lo que se me ha ocurrido ordenarlos desde otro enfoque: la forma en que se anuncian.
Hay quienes se valen de sonido eléctrico amplificado por bocinas y otros, del chirriar estruendoso del vapor. Existe una clase que no ha desaparecido del todo: los que  anuncian sus productos a grito pelado (pregoneros) cuyas voces se han ido transformando en otras voces; el señor que gritaba: “flaneeeé de crema” o “haaaay huesitos” (se refería a huesitos de capulín tostados) ya no están más ni sus productos tampoco. Sus pregones en las calles de esta ciudad del sitio cómodo tienen un canto personal e inconfundible aunque vendan las mismas cosas, por decir tamales, pan, buñuelos, gelatinas.
Hay otros que parecen venir de un mundo fantástico y vuelven locos a los niños igual que el Flautista de Hamelin: heladeros que usan el tañer de campanillas o la acústica de un triángulo metálico, instrumento usado por los barquilleros y los vendedores de obleas tostadas; quienes además apuestan con los niños el precio de la compra.


 PARTE V




El Santo patrono de la ciudad del fértil suelo, como ya sabemos, rendía parte de sus pesquisas a Dios, por la noche. Su encargo era descubrir cuántas clases de vendedores ambulantes podían ser identificados pero el asunto, por más que se esmeraba, no se clarificaba y el tiempo volaba literalmente. Entre más vuelos de reconocimiento hacía sobre la ciudad, menos probable veía que las categorías quedaran ordenadas bajo criterios convincentes.
Ya había probado agrupar a estos personajes, sin lograr abarcar a todos, según la forma en la que transportaban sus mercancías. El segundo intento lo hizo tomando en consideración el medio que usan los ambulantes para anunciarse. En lo expuesto hasta el momento en que retomamos esta historia, había agrupado sólo a algunos según los sonidos que emiten para anunciarse; fue cuando le habló a Dios de los pregoneros y de los que usan campanillas o triángulos metálicos. Le faltaba incluir en este grupo a los ruidosos merolicos que recorren las ciudades en viejos autos con bocinas atadas a su techo y que ensordecen a las vecindades.
Con esta nueva clasificación, San Miguel se proponía identificar cuál es la estrategia de venta que la gente usa. Aunque no sepan nada de mercadotecnia moderna, los vendedores intuitivamente desarrollan un marketing propio, algo que dé resultado, aunque a veces no sea así.  
-Señor, dijo el Ángel, hay un cierto sector del ambulantaje cuya estrategia de venta es la lástima. Es decir, venden lástima. Estos los podría dividir en dos: unos muy crueles y otros muy tontos.
- Explícate, Miguel.
-Algunos sinvergüenzas drogan a niños (incluso a sus propios hijos) y los exhiben para que la gente se apiade de ellos y les ofrezca una moneda. Aparentemente no dan nada a cambio, es decir, no venden un artículo tangible. Venden lástima. El transeúnte se siente un poco aliviado después de darle alguna moneda a la mujer u hombre de cara contrita creyendo que ha contribuido a mejorar la salud del pequeño o pequeña desmayado en los brazos del impostor,  cuando en realidad es todo lo contrario: ha contribuido a que lo sigan explotando  puesto que su aportación hace al negocio redituable. Se necesita mucha crueldad para inhibir la vida del otro para obtener un beneficio monetario.
-Ahora te describiré, Señor, a los tontos cuyo argumento para que se les compre es la lástima: multitud de veces he escuchado, lamentablemente a vendedores que vienen de las sierras circundantes y cuyos productos son totalmente de montaña: sámago (dizque de encino), tierra; parásitas que tratan de simular que son orquídeas (algunas puede que lo sean); plantas medicinales o de olor: manzanilla, tila, laurel, tocar en las casas por la noche; causando, no sin razón, sobresalto en las familias que ya están recogidas dando de cenar a sus hijos y, con voz entre lastimera e imperativa, gritar: “cómprame algo, no he vendido nada en todo el día”.
-Es la ignorancia, Miguel. Las pobres gentes que tratan de colocar sus productos usando tal argumento, no saben que lograrían mejores ventas si hablaran de las virtudes de los mismos, de su valor intrínseco.
-Para ello se requiere que tampoco traten de hacer pasar gato por liebre.
A las claras se veía, oyendo esta plática, que los ambulantes requieren de educación, de cursos de capacitación, de líderes que se interesen por ellos y los defiendan. No más economía ilegal. En todos sitios del Planeta hay gente que vende en las calles.
Ya en el punto de dar una respuesta de cómo ayudar a este gremio, Dios dijo: 
 -Yo, lo que noto, es que la colectividad de los vendedores ambulantes carece de un santo patrono que los proteja. Los santos patronos le dan fuerza a cualquier gremio. Los ambulantes dispersan mucho las fuerzas divinas poniéndose bajo el cobijo de diferentes santos (o de ninguno).
-Señor, dijo el Arcángel, ¿a quién les puedo recomendar?
-Eso está harto difícil de contestar. En cuestión de gustos se rompen géneros y cada quien se siente en confianza o no con un santo determinado. También podría ser alguna de las advocaciones de la Virgen María. En España, algunas vírgenes hasta llegan a ser “gobernadoras” o “alcaldesas” de las ciudades. Es mucho el poder que esto significa. Déjalos que escojan. Tú, sólo dales la idea. La unión hace la fuerza y en términos divinos, se aplica el mismo principio.
San Miguel Arcángel regresó a su pedestal. Las festividades en su honor estaban próximas y seguramente el atrio de su catedral se llenaría de vendedores. Los tendría bastante cercanos como para influir en ellos y darles la respuesta del Señor. 

  
  

miércoles, 9 de abril de 2014

SERPIENTES Y ESCALERAS



Parto de la suposición que todos hemos jugado este clásico de los juegos de mesa que consta de cien casillas circulares, siete serpientes como resbaladillas, y ocho escaleras. Muy probablemente el objetivo de este juego haya sido, en un inicio, más didáctico que lúdico. Veamos de qué clase de didáctica se trata aquí: el reptil más cruel que advierto en el tablero que tengo frente a mí, uno muy viejo que era de mis hijos y cuyo cuerpo es de cartoncillo de unos 30 puntos de calibre cuando menos, une las imágenes, en la cola, de un niño martillando un clavo en una pieza de madera, y en la cabeza, el chico llora porque se ha machucado el dedo. Esta asociación de ideas es inesperada porque el niño está haciendo las cosas bien: martilla en el sitio correcto, no en un juguete o en la mano de alguien más y, sin embargo, recibe un castigo doloroso. El jugador en turno regresa, del número noventa y ocho (a solo dos puntos de ganar) a la posición veinte. Esta situación me obliga a pensar en mi propia vida. Algunos actos que cometo, que califico como buenos, de gente trabajadora, de alguien que se preocupa por sus semejantes y que da hasta un poco más allá de lo que debería, definitivamente me han llenado de dolor.
En otra jugada, el reptil menor del tablero solo regresa doce casillas al jugador: de la número dieciocho a la seis, este retroceso se debe a un chico que rompe el cristal de una ventana, con su charpe, en la cola y, en las fauces de la bribona serpiente, el padre le golpea las asentaderas a la usanza antigua: postrado en su regazo y a nalga pelona. En la casilla noventa y seis hay un chico que hace malabares sobre la rama de un árbol. Quien caiga en ella deberá regresar a la casilla número cuarenta, enyesado, a una cama de hospital. Una niña que brinca en la cama de la casilla setenta y ocho, aparece sentada en el suelo en la casilla veintisiete acompañada, claro está, de la cabeza del reptil. Esta didáctica para niños claramente demuestra que los actos arriesgados siempre tienen consecuencias indeseables (pero en realidad no es así, es decir, no siempre). Si no queremos sufrir una caída o una rotura de osamenta, no salir de casa ni aventurarse en trepar a un árbol parecería la respuesta correcta aunque a veces no pasa nada por hacerlo y, por el otro lado, aun no ejecutando ninguna acción arriesgada, podemos sufrir daños. Nada nos asegura que no tropezaremos en la escalera, con el escalón del baño o con una silla mal puesta. La fatalidad está presente todo el tiempo y no debemos culpar a nadie de que esto suceda. Sí debemos disminuir las posibles causas de accidentes pero, aun así, no se pueden evitar.
Regresando a nuestro juego, el hombre que asalta el banco a mano armada en la casilla sesenta y dos, pone cara de tristeza tras las rejas de la casilla trece. Por otro lado, se premia el ahorro con treinta y cinco tantos y los actos heroicos (específicamente salvar a alguien que se está ahogando, con un reconocimiento público en la imagen ochenta y cuatro y con cuarenta y un puntos al jugador). Alentar esta acción no parece buena idea, hoy en día sabemos que los salvadores de quienes se están ahogando, no salvan al otro y se ahogan también. Se premian los trabajos domésticos: una niña elabora un pastel en la casilla diecisiete, el cual se contempla apetitoso y lindo en la sesenta y siete. Cultivar la tierra se premia dos veces: de la casilla diecinueve a la cuarenta y cinco, y de la cincuenta y dos a la setenta y seis. Mi tablero de Serpientes y Escaleras no tiene fecha de edición, pero sí la leyenda que dice: Hecho en México por Comercial y Manufacturera S.A./ Centlapatl 178/ México 16, D.F. Cat. No. 1106 y en él, todas las demás casillas están ilustradas con figuras de animales. El objetivo del juego ha cambiado con el tiempo: lo hemos usado muchas veces y los participantes en el juego jamás miran su contenido. Solo ponen atención a tirar los dados y a contar los avances o retrocesos.


Me pregunto si la vida es como este tablero, un espacio donde constantemente retrocedemos y avanzamos. Cuando uno siente que va alcanzando plenitud, tranquilidad y auto realización, situaciones imprevistas pero cotidianas le regresan a niveles superados antaño pero que pueden sentirse nuevamente con la misma intensidad: mezquindad, intolerancia, falta de humildad, exigencia, estupidez, prepotencia. Cada quien se conoce y sabe de qué pie cojea. En estas circunstancias es necesario hacer un reajuste con uno mismo, un intenso trabajo para volver a sentirse bien y estar en condiciones de dar algo bueno a nuestros semejantes. Cada quien tiene su propio menú: cuidados, poesías, pinturas, música, comida recién hecha, ropa limpia, paseos, casa limpia, consejos, amor. Así se va ascendiendo otra vez. Se espera que en cada ocasión tardemos menos tiempo en lograrlo. El proceso de superación será más rápido pues ya nos auto conocemos y sabemos cuáles caminos elegir para mejorar. El destino siempre nos obliga a tirar dados y a movernos entre las casillas del calendario para conducirnos a la próxima serpiente que será más larga o más corta, nunca se sabe. El juego termina con la muerte. 

miércoles, 24 de abril de 2013



DÍAS NUBOSOS

Los días nubosos clavan espinas en los minutos de lo viejo: flechas rotas que alcanzan su destino con bordes y daños desastrosos.
En días así, las aves usan sus cantos para fabricar hermosos mantos coloridos. Tejen en silencio. Saben que de nada serviría su música contra el tenor del aguacero; en días así las nubes se acercan a la tierra y la tocan para refrescarla. Los días nubosos se derraman como novias asustadas (por ello los amargados se quejan de estos días).
Los días nubosos fertilizan los cuerpos, lamen las banquetas y se incrustan en los lomos de libros no anunciados.
Ir a la cama es un remedio inevitable para curar el alma de una nube aterrizada en el jardín o en la cochera de los embustes cotidianos. Ir a la cama a esperar que un día así se prolongue tanto, que nos deje hambrientos.
Ir a la cama con ese alguien que todos deseamos, cobijados con lucidez interna, la que nadie conoce. Esa confidencia que solo a nosotros mismos nos confiamos.
Los días nubosos son cómplices indispensables de los amantes. Son el pan donde se unta la alegría del amor. Todo lo saben y nada revelan, todo lo consiguen y nada queda sin hacer.
En los días nubosos, hay que ir a la cama con las ventanas abiertas. Dejar que la humedad penetre las duras arterias del olvido.

© Lilia Cenobia Ramírez






                      ULISES Y EL AZUL

Ulises ya sabía que azul es el canto de las sirenas
y las flores que crecen en el brocal de la soberbia.
Sabía Ulises que los montes lejanos son azules
y el océano y la tristeza y el desamor.
Que veinte años de estrellas son azules cuando se alejan
y la distancia entre las fronteras es también azul.
Yo solo sé que azul es la brisa gélida,
                                   el portarretratos junto a mi cama
y lo amargo de las almendras.
                                  Sé también que de azul me pinto las manos
para llamar a los perdidos
y que entretengo a la muerte con un tejido azul.

©Lilia Cenobia Ramírez